Gravity: Flotando entre la vida y la muerte

Ahí arriba, no hay sitio para la vida humana. Ahí arriba, es el espacio; el escenario donde se desarrolla la acción de Gravity, obra magna del mexicano Alfonso Cuarón y que para muchos críticos y cineastas supone la mejor filmación Stone vuelve a la vidasobre el espacio que jamás se ha realizado. Quizás, la grandilocuencia de la afirmación actúe como repelente para algún que otro espectador. Sin embargo, nos encontramos ante una propuesta aterradoramente bella que discurre a cientos de kilómetros de la órbita terrestre.

Ahí arriba, en el espacio, la temperatura exterior oscila entre los -100 y -150 grados bajo cero. No hay oxígeno, no hay forma de transmitir el sonido y el silencio sobrecoge. Durante unas maniobras en un transbordador norteamericano, el astronauta Mat Kowalski y la doctora Ryan Stone se ven sorprendidos por el impacto a toda pastilla de basura espacial. Esquirlas y fragmentos de un satélite destruido por los rusos y que orbita sin control. Con tan mala suerte, que esa chatarra a velocidad endiablada impacta contra el transbordador.

Debido al choque, Kowalski y Stone se desprenden de la nave, van a la deriva por el espacio y encima han perdido la conexión con la base de Houston. Espeluznantes secuencias las que muestra Cuarón como la de Ryan Stone dando vueltas sin parar, con respiración agitada, sumida en pleno ataque de pánico y teniendo la angustiosa sensación de haberse convertido en un objeto a la deriva por el gran vacío negro mientras contempla atónita cómo se va alejando de su planeta.

¿Cómo sobrevivir en estas condiciones? La única (y remota) posibilidad pasa porque Kowalski rescate a Stone, se unan a través de una cuerda y ya que el traje del primero está dotado de una cápsula difusora que le permite controlar el movimiento puedan acercarse a la Estación Espacial Internacional y desde allí acceder a la sonda Soyuz para regresar a la Tierra. A ello se añade la incertidumbre de no saber si alguien allí abajo está al tanto de que ambos siguen vivos. Kowalski repite varias veces una frase demoledora: “Transmitiendo a ciegas”.

Ingredientes estupendos para que el espectador se sumerja desde el principio en una historia beatífica, que alterna momentos de sublime belleza como las vistas inefables de la Tierra y otros terroríficos como la insignificancia de la vida humana en una inmensidad donde sólo impera el silencio y la ingravidez.

Esa dualidad latente entre esperanza y nihilismo es la que atormenta la cabeza de Stone. Encarnada por una espléndida Sandra Bullock, este personaje femenino cobra protagonismo absoluto cuando junto a Kowalski consiguen alcanzar la Estación Espacial Internacional. Pero la adversidad se ceba de nuevo con ellos porque poco antes de meterse en la sonda Soyuz, los fragmentos de basura espacial impactan de lleno contra la Estación Espacial por lo que Kowalski se ve obligado a desprenderse de Stone para no verse abocados a ir a la deriva. A partir de ese momento, Stone deberá sobrevivir con la única ayuda de su voluntad. Deberá gobernar como pueda la Soyuz, arrancarla leyendo correctamente el manual de uso escrito en ruso y lograr descender a la Tierra sana y salva

Antes de esto, Cuarón nos deleita con una secuencia suprema con ciertos guiños a lo Stanley Kubrick. Stone se está quedando sin oxígeno en su escafandra, la Estación Espacial Internacional está a tiro de piedra pero el dióxido de carbono empieza a asfixiarla. Apenas sin resuello consigue introducirse en el interior de la nave, enciende como puede los dispositivos de los que emana el oxígeno y como si estuviera haciendo un esfuerzo terminal se quita el traje espacial, respira jadeando, comienza a revivir y aquello se amplifica de tal modo que adopta una posición semejante a la de un feto en el interior de la placenta. En este caso, una humana flotando dentro de una nave espacial y respirando oxígeno artificial. Nunca una secuencia había descrito de forma tan contundente la pasmosa fragilidad del hombre en el espacio.

Ahí arriba, la vida humana está condenada a volverse inerte. El espacio es el peor sitio donde puede estar una persona; la osadía del hombre por desafiar las leyes del universo tiene un alto coste. Por mucho avance tecnológico, por mucho ímpetu de querer explorar la única frontera que le está vetada. A las mínimas de cambio, en cuanto lo tecnológico tenga cualquier fallo, la vida humana no vale nada. Una minúscula presencia en la gigantesca oscuridad que engulle todo lo que pretenda rebelarse ante sus reglas.

Este desafío existencial gravita a modo de trasfondo en la película de Cuarón. El hombre como elemento indómito. Ryan Stone como personificación de que sobrevivir ahí arriba es una temeridad, un intento baldío, una sublevación insolente que no lleva a ninguna parte. Lo más sensato es abandonarse, no luchar por tu supervivencia, dejar que la muerte llegue ahí arriba, el único sitio donde nadie puede hacerte daño, donde nadie te va a molestar. Esa tremenda soledad del espacio tienta a Stone para tener un fallecimiento dulce.

Sobre todo cuando comprueba que la Soyuz está sin combustible y encima se ha desatado un incendio fortuito en el resto de la nave principal. Más adversidades que complican una historia ya de por sí inédita por la forma en cómo está rodada pues el 3D ahonda esa sensación de ingravidez y por el silencio que permanentemente se destila. No extraña que la banda sonora compuesta para Gravity dure 72 minutos de los poco más de 90 que tiene el metraje.

Stone debe elegir: morir sin más ahí arriba o intentar regresar a la Tierra, vivir para contar algo que dejará a todos alucinados como recuerda insistentemente. Aquellas fueron las últimas palabras de Kowalski y actúan como estímulo en estos momentos. Se produce un despertar en una exangüe Stone que aterida de frío, sin apenas oxígeno y en el interior de una sonda sin combustible se limita a escuchar la voz de un hombre que ha sintonizado en la radio quizás para sentirse acompañada en sus últimos momentos. Ahí arriba, la muerte de un ser humano pasa terriblemente desapercibida. Un acontecimiento ínfimo para el universo y una tragedia para Stone que no se lo puede permitir.

Sin embargo, ahí arriba, cuando estaba a punto de morir, Stone se sintió más viva que nunca. Renació la esperanza en su interior y con ella la grandeza inherente del ser humano. La forma de vida más imprevisible que existe. Incluso ahí arriba, donde el hombre no significa nada.

Gravity hipnotiza. A través de una historia tan increíble reflexiona acertadamente sobre los verdaderos motivos por los que el hombre ha de vivir. Pese a estar solos, rodeados de ese inmenso vacío, de esa creación monstruosa que nunca llegaremos a comprender. Cuarón, con este excelso film confirma que somos terriblemente humanos. También ahí arriba.

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