Escrache al periodista

Andan nuestros políticos escandalizados con eso de que una peligrosa red de nazis 2.0 les intimide en la propia puerta de su casa y piden a gritos que la justicia y las fuerzas de seguridad les protejan de tales actos filoterroristas. De cara a la galería, se muestran como víctimas del escrache, término que ha sido víctima de prostitución semántica y que ha terminado emparentándose con acoso desmedido. ¿El mismo acoso de los políticos hacia el periodismo?

Sin embargo, parte de la clase política sufre de un repentino trastorno de pérdida de memoria a corto plazo, un alzheimer caprichoso que les hace no acordarse ni lo más mínimo del sistemático acoso que llevan practicando contra el periodista desde los albores de la democracia tanto en España como otros países.

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Bastante jodido anda nuestro sector entre despidos masivos, cierres de medios y degradaciones de las condiciones laborales, para que además tengamos que soportar las intromisiones de ciertos cargos públicos que hacen gala de una absoluta injerencia. Es más; si desde el orbe político al escrache se le ha puesto una connotación violenta, tal acepción la empleo para denunciar el “escracheo” sibilino que algunos politicuchos practican con absoluta impunidad.

Ahí tienen al circunstancial presidente de la comunidad de Madrid, Ignacio González, partidario de poner corto a la supuesta ligereza con que los medios publican noticias que a su juicio ensucian la imagen del PP. O dicho de otra manera: González deja entrever su deseo de que exista censura informativa.

Según él “estamos en una situación en la que vale todo a efectos de publicación en los medios de comunicación” a colación de las fotos publicadas por El País en las que el actual presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, aparece junto a un conocido narcotraficante en su yate.

Ya ven, para este erudito los medios tenemos que ponernos la mordaza a la hora de publicar las actividades que llevan a cabo nuestros representantes públicos. A él le encantaría poner límites a la prensa libre si es que tal adjetivo ha existo alguna vez. A mí, afirmaciones del tipo “tiene que haber un límite” me suenan a amenaza carpetovetónica, a ramalazo totalitario y de tics autoritarios van sobrados muchos políticos hoy en día.

A la clase política conviene recordarle que los límites de la información en una sociedad democrática no los marcan precisamente ellos, que nuestro oficio está avalado por la Constitución, donde se deja claro el derecho que posee el ciudadano a recibir una información libre y veraz.

Pero tienen la puta manía de querer meter a los periodistas en vereda, emplear el chantaje de forma velada para que nos callemos la boca y no destapemos el coladero de corrupción e injusticia en que se ha transformado buena parte de la actividad política. Los periodistas no necesitamos de iluminados como Ignacio González; todo lo contrario, hay que huir de ellos como la peste, decirles bien clarito que los límites a nuestra profesión los marca el Código Deontológico a través de principios como el rigor o la veracidad.

Y si algún cargo público se siente molesto, si considera que su derecho al honor, intimidad e imagen han sido vulnerados puede acogerse al derecho de rectificación o recurrir a los tribunales, aunque lo mismo con la subida de tasas no quieren gastarse un euro.

En pleno derrumbe del establishment político se recrudece el hostigamiento contra el periodismo como así viene denunciando la FAPE. Una atmósfera de hostilidad hacia nuestra profesión que sólo busca jibarizar la libertad de expresión e información. Si ya de por sí estamos ante una zombificación de la democracia, ahora quieren darnos la puntilla con eso de “tener cuidado con lo que se publica”, sobre todo cuando la noticia publicada fricciona o colisiona con los intereses particulares de los grupos políticos. ¿No nos encontramos ante un escrache en el peor sentido de la palabra?

Algo huele a chamusquina cuando los que nos dedicamos a este oficio tenemos que denunciar esa tendencia alcista entre la clase política por señalarnos, por querer situarnos en un redil de compadreo y servilismo. Tentaciones propias de cabezas huecas que no saben que la preponderancia del derecho de información sobre el de intimidad se produce cuando los hechos denunciados son de interés público, veraces y contribuyen al debate en una sociedad democrática.

Jode admitir que existe una campaña de desacreditación y ninguneo contra nuestro sector. Nos tratan como si fuéramos meras comparsas y hay casos a cascoporrillo. El propio presidente del gobierno comparece en una televisión de plasma, como si fuera un ente holográmico y sin posibilidad de preguntarle por su gestión. Cierto es que la FAPE y muchas asociaciones demandan que sin preguntas en las ruedas de prensa éstas no sean cubiertas pero en la práctica cada uno hace la guerra por su cuenta, cada medio se pone la venda en los ojos y todo queda en agua de borrajas.

He de confesar que nuestro sector está aquejado de una grave dolencia, la falta de compañerismo que vaya más allá de compartir las miserias del oficio. Mientras no haya un plante sistemático de todos los medios y estos no cubran las ruedas de prensa sin derecho a preguntas, mientras no salgamos a la calle a protestar por las lamentables condiciones laborales de nuestro gremio, mientras las asociaciones de prensa que velan por nuestros intereses no sean más audaces y se dejen de enviar comunicados de condolencias por el despido de tal o cual compañero, seguiremos cayendo en picado y todas las reclamaciones legítimas en pos de un periodismo digno se verán diluidas en esta enorme mancha de conflictividad que flota a la deriva.

Es el momento de extirpar los males endémicos incrustados en nuestra profesión. Se necesita un periodismo con coraje en estos tiempos donde las estructuras de poder inyectan viales de miedo escénico. Dejar atrás ese modelo aborregado de medios al servicio de intereses partidistas.

Porque no hay nada más repugnante que el periodismo se subordine a tal o cual ideología política. O que muchos hagan la vista gorda ante ese execrable escrache que muchos políticos llevan practicando desde hace décadas.

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Acerca de Demoxia

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