En huelga de hambre por dignidad

Apabullados a diario con la escalada de la prima de riesgo, la obsesión por reducir el déficit, los descalabros financieros o el fantasma de la intervención, la ciudadanía deja de enfocar las repercusiones de esta crisis ingobernable.

Su arista de desigualdad se encarna en personas normales y corrientes que han visto truncados sus proyectos de vida. Ocurre con José Antonio Giménez, que desde la noche del 17 de junio mantiene una huelga de hambre indefinida en Puertollano.

Se le puede ver acampado en la parte alta de la Concha de la música, junto a una pancarta en la que se lee “¿Y al pueblo quién lo rescata?”. Es un acto de protesta extremo pero tremendamente humano; es el último cartucho que le queda a este hombre de 56 años de edad, padre de familia y al que dentro de dos meses se le termina la prestación por desempleo.

Asegura haber movido Roma con Santiago en búsqueda de un empleo que no ha conseguido en todo este tiempo. Su caso es similar al de más de 5 millones de personas en este país que subsisten como pueden pero a José Antonio la desesperación le ha abocado a materializar el acto de protesta más radical: dejar de comer.

Concretamente, dejar de ingerir alimentos sólidos ya que José Antonio se mantiene a base de agua, sales minerales y algún que otro zumo. Aunque su verdadero alimento es espiritual, y se lo proveen las personas que a diario se acercan para mostrarle su apoyo y charlar un rato con él. Agradece el respaldo de grupos como el  movimiento 15M de Puertollano y Ciudad Real, así como de la emergente Plataforma Ciudadana por el futuro de Puertollano.

“Eso es lo que me está aportando el alimento moral que necesito” comenta este hombre que asegura tener claro que su huelga de hambre es sine die. “Tomar una alternativa de este tipo no se hace cuando uno tiene estabilidad y una forma de vida normal” revela con gran acierto. José Antonio no entiende como desde las esferas gubernamentales se esté rescatando a entidades bancarias y se deje en la cuneta al pueblo llano.

Por ello, exige su rescate “para que no me convierta en un marginado” y deja bien claro que no está pidiendo nada que no esté reflejado en la Constitución Española, “el derecho a un puesto de trabajo para mantener a mi familia, seguir subsistiendo y mantener mi dignidad como persona”.

Su familia le dice que está loco por hacer algo de este calibre. Pero José Antonio justifica su postura en aras de evitar males mayores; “si este grado de locura me ha llevado a esto, suponed cuando no tenga nada que llevarles a casa” advierte alguien que para nada quiere caer en la esfera de la delincuencia ni en la marginación.

La huelga de hambre de José Antonio es un gesto de lealtad a la condición humana. Personas que por culpa de otros están siendo desplazadas, desahuciadas, hablando en plata, apartadas de este sistema. Outsiders surgidos por los  “austeríacos” (acuñación del economista Paul Krugman)  o creadores de la escasez, por representantes que prefieren sacrificar al propio pueblo antes que sus ideas erróneas.

José Antonio simboliza la respuesta honesta de una ciudadanía que no está dispuesta a ser víctima de este disparate que estamos viviendo.

 

 

 

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